Testimonios

RETORNO A LA SACRALIDAD DEL SEXO

“La locura, lejos de ser una anomalía, es la condición humana normal. No tener conciencia de ella, y que ella no sea grande, es ser un hombre normal. No tener conciencia de ella, y que ella sea grande, es estar loco. Tener conciencia de ella, mientras es pequeña, es quedar desilusionado. Tener conciencia de ella, y que ella sea grande, es ser un genio.”

Fernando Pessoa

Dicho esto, no me queda más que afirmarme en el corazón para ser tenaz con la voluntad de hacerme grande, por qué retornar a la sexualidad sagrada en tiempos del distanciamiento con el otro, desinteresados por compartir palabra y de cruzar miradas; es de por si un acto de valentía. El mío ha sido el atrevimiento de inducirme en los rincones del olvido para rescatar el pequeño inocente que fui de niño, porque la inocencia según la he comprendido en este camino, es volver a confiar y perdonar para sanar el dolor todavía herido.

Tres años hace que me reuní a las naguas del primer concejo de abuelas de Colombia, con la suerte de cruzarme – y no dejo de repetirlo- con cerca de treinta mujeres y escasos 10 hombres recibiendo concejo femenino. Evento en el que me encontré con ese lado que no nos enseñan a los hombres desde casa, porque nos han querido machitos, fuertes, y de pantalones apretados… Las palabras de las abuelas me cautivaron con profundo interés cuando develaban ante mi ignorancia, historias de vida atravesadas por la violencia, el desprecio, la desconsolación, y el resquebrajamiento. Con todo ello me enseñaron que los hombres también tenemos un lado femenino en donde habita la sensibilidad y la creatividad, despojándonos del miedo, la vergüenza y el sufrimiento.

Que también es nuestro deber activar el poder de la mujer sanándonos a nosotros mismos, y es allí en el sexo, donde debemos empezar a resolvernos la existencia, creciendo paulatinamente en el espíritu del corazón limpiando nuestras aguas.

Meses después, tuve mi primera meditación lunar repitiendo la experiencia, con más de treinta mujeres sumidas en la meditación envueltas en pahsminas, y unos cinco hombres en una salón acompañados de un estruendoso aguacero.

En la meditación el sonido evoco en mi mente un manantial alimentado por cascadas a la luz de la luna que sobre un árbol se situaba, y al tanto tiempo dichas aguas turbias se calmaban. Luego, de ellas emergió el cuerpo de una mujer de tez lunar desnuda volcándose en posición de loto sobre mis ojos, después de un breve silencio levanto su mano como extendiendo un beso al aire con el soplo de sus labios; y al verme yo sobre las aguas alarmado me vi en su cuerpo, es decir, yo tenía senos y cabello largo. La meditación continuo, en el momento que sobre el vientre – también el de los hombres – debíamos canalizar la energía y en nuestros hombros sentir la custodia de las mujeres de nuestra linaje; me vino entonces de repente como una proyección hacia el pasado, una sucesión de mujeres ordenadas en hilera sobre la cual viajaba como si fuera un vórtice de la memoria, a la vez que observaba como aparecía una detrás de otra apoyando también una mano sobre el hombro de la otra; la secuencia termino con el rostro de una mujer humilde, en harapos, bronceada por el sol y de avanzada edad sobre la que me detuve perplejo y confundido.

Al terminar, abrí los ojos con tranquilidad pero logre conmocionarme una vez más cuando en la pared de enfrente al abrir los ojos me fije en el árbol que sobre ella estaba pintado, más la bella escena de las mujeres a la luz tenue de las velas cubiertas con las pashminas sobre sus cabelleras.

Relato esta experiencia para justificar ese sentimiento de compasión que desde entonces, se ha tejiendo en mi corazón, augurando que cuando el despertar de los hombres nos permita ver los abusos, el acoso y el sexismo entre otros más, como actos de violencia y logremos desmarcarnos del paradigma que nos gobierna, honraremos a nuestras parejas en la certeza del amor que antes que nada, brotara hidratado con nuestras aguas en comunión con nosotros mismos caminando soberanos ante los miedos.

No obstante y hasta entonces no afirmarnos como magos en la alquimia del sexo, debo recomendar a las mujeres no distanciarse de nosotros, porque necesitamos con urgencia que las brujas sanen con su cariño nuestras amarras al sufrimiento y la vergüenza. Son muchos quienes se sientes culpables cuando su sensibilidad brota, y en tales circunstancias es menester que ustedes suelten la carga del daño perpetrado por los hombres que las hirieron, porque sin que ustedes puedan sospecharlo, también la sufrimos nosotros mediante esos juicios que nos tildan de enemigos o adversarios.

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